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Sigue el debate sobre Boca Jrs.

Tres cabezazos en el área son gol

Jueves 28 de agosto de 2014 | Edición del día

Fotografía: Agencia de noticias ANDES

Al Boca de Bianchi no le hicieron goles por arriba. Pero en todos los tantos de Rafaela influyó la cabeza. Fue 3-0 para los de Sensini y un golpe para las ilusiones xeneizes.
Frío. Ni siquiera tibio. La Bombonera late, pero acelerada. Como si le fuera a dar algo. Hay desconcierto y ganas de insultar, pero más resignación. Atlético Rafaela, equipo a priori accesible, pasó de su enorme timidez inicial a contraatacar con velocidad e inteligencia como si fuera el Real Madrid. ¿Un equipo puede cambiar tanto en un partido? Claro que sí. Boca lo hizo y propició que su rival lo lograra también.
Bianchi no se equivocó cuando habló de un buen primer tiempo de su equipo. Sin ser una maravilla, dominaba el trámite del partido, tuvo el protagonismo absoluto y algunas llegadas. Los santafesinos ni habían pateado al arco cuando un tiro libre se desvió y dejó sin reacción a un Orión que parecía poder haber hecho algo más. 1-0 y al entretiempo sin saber bien por qué.
A partir de ahí, lo que debió ser una muestra de carácter, fue un castillo de naipes cayendo sin remedio. El Cata Díaz, líder en robos de balón, se sumó al desconcierto creciente de un tímido Zárate y un dubitativo Grana. Poco se le puede pedir a Magallán en ese panorama. El medio de Boca, como en buena parte de los últimos tiempos, hizo agua. Se le exige desmedidamente a la defensa cuando en realidad, la estabilidad de la última línea y la generación de jugadas de gol son dos extremos que dependen de un mismo equilibrio. Ese centro de la cancha, no encuentra un cinco que dé la talla y no es un filtro eficiente para que Orión tenga poco trabajo, sin tampoco abastecer el ataque con fluidez. Castellani y Carrizo fueron de lo mejorcito de Boca, más con ganas que con ideas. Fuenzalida mostró más capacidad para acompañar que para comandar. Arriba, quedaron las buenas intenciones de Calleri y la estaticidad de Gigliotti.
Dos contras de Rafaela decidieron el partido. Fue injusto, claro, pero esa falta de efectividad a la que alude Bianchi, forma parte de los fundamentos básicos de este deporte. El primer Boca del Virrey (y su segundo, en 2003-2004) hacían culto de la contundencia. Se les discutía lo estético, porque Olé existe desde 1996 y el debate estéril está acentuado desde entonces. Pero eran terriblemente sólidos y llevaban la firma de su creador. Este conjunto es eso. Un conjunto. Un rejuntado de nombres a los que el entrenador no puede convencer de sus ideas. Ahí radica la mayor responsabilidad del entrenador. No en poner tres números cinco, cosa que hizo en 2001 cuando ganó la Libertadores, o en declarar que jugaron bien o mal. Detenerse en el "debate" sobre lo que dice Bianchi no es más que entrar en esa dinámica berreta tan propia del periodismo deportivo y no deportivo que tenemos.
El terreno que surge inexpugnable es el de la mente de ciertos jugadores. Algunos, recién llegados, no pueden ni deben sacar la cara por el resto, pero podrían. ¿O acaso Palermo no lo hizo en aquel Boca caótico de 1997? Los que ya estaban, no terminan de ensamblarse. Es una buena, una mala. Y los goles derrumban todas las buenas intenciones. Este equipo tiene un déficit para sobreponerse a ciertos golpes, y eso es lo preocupante. No se obvia el clima que hay en el club, con una dirigencia ultra-macrista empeñada primero en deshacerse de Riquelme y ahora en borrar a Bianchi, a pura operación mediática y de rumores dentro del club. Lo que le importa a quienes gobiernan la institución es posicionarse bien políticamente de cara al futuro, no respetar ídolos ni propiciar un crecimiento. Y eso se nota.
Sobran los motivos para que a Boca le hagan goles de cabeza. Aunque no sean de cabeza.







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