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La Izquierda Diario
30 de abril de 2015 Twitter Faceboock

A 40 AÑOS
La derrota de EE. UU. en Vietnam

LID entrevistó a Mariano Ignacio Millán. Es sociólogo, investigador del Conicet, jefe de trabajos prácticos de Sociología de la Guerra en la UBA y profesor visitante en la UNLu a cargo del seminario “Las formas de la guerra desde los orígenes de la modernidad hasta nuestros días”.

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¿Por qué pensás que un país atrasado como Vietnam logró derrotar a EE.UU?

MM: Ante todo una aclaración: esta fue una lucha de coaliciones. Comenzó como una guerra de liberación nacional y una guerra civil, que se extendió por décadas. Vietnam del Norte y el Viet Cong obtuvieron suministros soviéticos y chinos (aunque esto no zanjó la desventaja tecnológica) y utilizaron el territorio de Camboya y Laos como retaguardia. Del otro lado, los norteamericanos contaron numerosos vietnamitas y con la asistencia francesa, británica, canadiense, australiana y neozelandesa, que aportaron contingentes de experimentados veteranos de Malasia, Indonesia e Indochina.

Ahora sí, puedo decir que formulan una excelente pregunta y, allende el caso vietnamita, este constituye el problema que desvela a los Estados Mayores. El escenario geopolítico de la Guerra Fría propició numerosas confrontaciones entre poderosos Estados imperialistas y pequeños y nóveles Estados o grupos insurgentes en el tercer mundo. Semejante desigualdad material, dio pie al descubrimiento de formas de hacer la guerra que llevaron a la confrontación hacia condiciones en las cuales la conocida desventaja no tiene eficacia suficiente como para decidir el resultado de la guerra, prolongando el conflicto y el desgaste, sobre todo político, de las intervenciones de las potencias.

Buena parte del arsenal conceptual de la victoria vietnamita abreva en la teoría de la defensa estratégica de Mao Tse Tung: asunción de la inferioridad material y, producto de ello, necesidad de la posición defensiva y de una contienda de largo plazo. El pueblo vietnamita luchó frente a los japoneses desde fines de los ’30, luego de 1945 contra Francia y desde 1954 ante los EE.UU. Fueron necesarios muchos años para lograr que tales potencias desistieran de sus objetivos coloniales. En ese sentido, el tiempo corría en favor de los vietnamitas, que estaban a la defensiva contra fuerzas de ocupación.

Sin embargo, para sostener aquella política fue necesaria una revolución en el arte militar: mantener la iniciativa siendo el más débil. Gracias a la extrema movilidad, la fuerza insurgente combate sólo cuando tiene frente a sí una victoria segura. En otras circunstancias debe rehuir el choque. Mientras tanto, la defensa trabaja en acciones pequeñas para desgastar al enemigo y pertrecharse, realizando sabotajes, emboscadas, robos de material bélico, etc. En esta clave deben leerse los documentos que muestran a los norteamericanos desorientados sin saber dónde está “Charlie” y las tristemente célebres misiones de “buscar y destruir”, que son la versión estadounidense de las “campañas de cerco y aniquilamiento” de la guerra civil china.

Para desarrollar una guerra tan sacrificada y compleja, es necesaria una elevada dosis de lo que Clausewitz llamaba fuerza moral, es decir buena disposición subjetiva para la lucha a través de la motivación y la pericia. Mao y sus continuadores, como Giap en Vietnam, consideraban la formación subjetiva de los combatientes como una tarea primordial, que implicaba preparación política y adiestramiento técnico. Pocas personas mal equipadas son capaces de vencer a los imperios, a condición de tomarse el tiempo necesario para horadar la voluntad de las potencias y de aceptar y minimizar el efecto de las derrotas tácticas: pueden ganar la guerra sin vencer en ninguna batalla importante. Para la insurgencia la guerra tiene un costo humano altísimo, pues la debilidad impone la clandestinidad y con ello la centralidad de la población civil para ambos bandos.

Se entiende entonces la importancia de la preparación política: los militantes armados deben ganarse a la población para sobrellevar el enorme esfuerzo. La variable central son las características de los objetivos políticos: los vietnamitas luchaban por la supervivencia de su entidad política, por ello su contienda era ilimitada. Frente a ellos, EE.UU nunca definió claramente, más allá de la negación del comunismo en Vietnam, cuáles eran sus objetivos, aunque estos eran limitados, pues la existencia del país no estaba en disputa. Al mismo tiempo, los EE.UU se enfrentaban a una forma de guerra bastante novedosa, sobre la cual no tenían muchas nociones cuando comenzaron su intervención, un año después de la chapuza de Corea. Esta grandísima diferencia en la fuerza moral resulta absolutamente central para explicar la victoria de Vietnam.

¿Cuáles fueron las repercusiones mundiales de la derrota norteamericana?

MM: Hubo varias repercusiones. Por una parte el descrédito de los EE.UU y sus intervenciones en distintos puntos del planeta. En el primer mundo hubo importantes movilizaciones en defensa del pueblo vietnamita y en Europa occidental algunas derivaron en organizaciones armadas. En EE.UU las manifestaciones contra la guerra fueron un movimiento social en sí mismo, que ensambló parte del movimiento por los derechos civiles, del movimiento estudiantil, ciertos colectivos feministas y algunos otros grupos. Allí también hubo lucha armada, aunque más acotada, como fue el caso de las Panteras Negras.

La experiencia vietnamita, como la argelina poco antes, mostró que los imperialistas no eran invencibles. Esta fue la repercusión más duradera, pues los especialistas de cualquier parte del mundo estudiaron esta experiencia. Además de los pretendidos imitadores e importadores de los métodos vietnamitas, esta guerra fue el mayor laboratorio de lucha contrainsurgente de la historia.

Allí los norteamericanos sintetizaron los hallazgos prácticos y conceptuales de los británicos frente a los Bóer a principios del siglo pasado, del nazi-fascismo frente a los partisanos durante la Segunda Guerra Mundial y de los franceses e ingleses en Asia y África durante la Guerra Fría. El nuevo campo de batalla es la población civil. Es necesario afinar el control social para detectar a los enemigos, por lo cual las fuerzas armadas pasan a cumplir también roles de policía y la policía se militariza, realizando tareas de gran envergadura. Las guerras son prolongadas y para vencer resulta necesario deshacerse de buena parte del arsenal del derecho civil, lo que incluye todo tipo de vulneración de los derechos ciudadanos: apremios, torturas, traslados forzosos de población, etc.

¿Pensás que el triunfo de Vietnam tiene repercusiones actualmente?

MM: Absolutamente, por tres cuestiones. En primer lugar el “trauma de Vietnam”. Hace décadas que el Estado mayor norteamericano busca una explicación más precisa de la derrota y ve en cada nuevo desafío, y lo bien que hace, la posibilidad de que los enemigos adopten parte de los conocimientos que utilizaron los vietnamitas para combatir. Basta con ojear la Military Review para comprobar este aserto.

En segundo, si bien la tendencia hacia las formas partisanas existía previamente, sobre todo por la mencionada asimetría material, la guerra de Vietnam mostró que a las potencias mundiales les resulta problemático enfrentar un enemigo que asume la lucha en períodos de tiempo prolongados, realiza acciones armadas de una escala acorde a la diferencia existente (generalmente muy pequeñas) sin deponer su actitud hostil, asume enormes costos humanos y trabaja sobre una espacialidad más amplia y heterogénea. En esas condiciones las fuerzas armadas con un enorme poder de fuego no pueden hacer valer sus virtudes materiales. Es cierto que esto no termina con las potencias, pero logra mantenerlas a raya durante cierto tiempo en determinadas regiones o países. Especialistas como Fabián Nievas y Pablo Bonavena codificaron esto como “guerra difusa”, justamente por la ausencia de nitidez en sus límites espaciales y temporales. Se puede decir que las guerras actuales son, en alguna medida, herederas del laboratorio vietnamita.

Finalmente, las formas de lucha contrainsurgentes, como hemos dicho, son la cuna de toda una nueva camada de técnicas de control social tan presentes en la actualidad: retenes, registro del movimiento de la población, cámaras de video, etc.

 
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