Cultura

#LIDTERATURA

[FICCIÓN] Hasta que la menor termine la secundaria

Historia de una mujer trabajadora.

Soledad Flores

Periodista y escritora

Jueves 13 de agosto | 19:44

Foto | Mar Ned - Enfoque Rojo

A M.C., siempre en mi mente.

“Nunca se está preparado para la muerte de los padres”, es una conclusión que sacó en el año 1998, cuando el que partió fue su papá: cáncer. Dos meses desde el diagnóstico fue todo el tiempo que tuvo para hacerse a la idea.

Su mamá en cambio, envejeció natural y paulatinamente. El deterioro físico y mental se aceleró los últimos dos años y terminó de dar el salto cuando se decretó la cuarentena. El encierro y la soledad hicieron el trabajo final.

Ella se dio cuenta de que las cosas estaban mal cuando su mamá empezó a preguntarle por “el Vasco”. Las noches que se quedaba a dormir en la casa de la madre la escuchaba llamarlo desde la habitación que habían compartido durante décadas. “Vasco... Vasco...”, decía en sueños.

Pasaron semanas de infecciones urinarias recurrentes y dificultades para que todos sus órganos funcionen. La noche antes de morir cayó internada por neumonía. El hijo menor se quedó a pasar la noche en el hospital. Ella llegó a relevar a su hermano al día siguiente, a las 10 de la mañana. A eso de las 11 llamó a la enfermera porque le parecía que su madre había dejado de respirar.

Dicho y hecho. Su madre acababa de morir a su lado.

***

Lija con fuerza la madera de una silla. Trabaja en un taller de carpintería con una de sus hijas. Es un rebusque de la cuarentena porque se le cortaron las changas. Hasta hace poco, además de su propia madre, cuidaba una abuela unos días a la semana. Otros días limpiaba una casa y cuidaba una nena.

Tiene las manos resecas y huesudas. Pesa 50 kilos y mide alrededor de 1,60. Está habituada al trabajo duro. Piensa en silencio mientras rasquetea manchas de pintura que descubrió en una pata de la silla.

La última vez que se tomó vacaciones fue en los 90, cuando todavía estaba casada y habían nacido solo sus dos primeras hijas. Ahora los cuatro son grandes y ella ya no mantiene a nadie. Solo vive para los nietos. Durante el último año había estado ahorrando. Este verano iba a cumplir uno de sus sueños: conocer Brasil. Había pagado durante meses una cuota en una agencia de viajes del pueblo, juntando los billetes semana a semana con sus changas. Se iba a tomar un avión por primera vez para tirarse a tomar sol en una playa de Brasil. El viaje que estaba pagando era barato, estaba a su alcance.

Tenía todo más o menos preparado. Faltaban cinco días para viajar y casi había pagado la totalidad. Era mediados de febrero. El dueño de la agencia la llamó para avisarle que la señora que iba a compartir habitación con ella en el hotel se había bajado de la excursión. Si quería sostener el viaje tenía que pagar el costo de las dos camas, buscar a alguien más en tres días o dejar la plata depositada a cuenta de un viaje a futuro.

Ella pensó que capaz en 2021 podría cumplir su sueño. Desarmó la valija que había empezado a armar y eligió dejar la plata que había depositado a cuenta de un viaje a futuro.

***

La mayor todavía guarda sus apuntes del ingreso de la Facultad de Odontología de La Plata. Ella lo estaba cursando. Vivía en una pensión de chicas estudiantes, cuando una noche entró alguien con una linterna prendida a la habitación. A ella y a otra de las chicas las encerró en el baño. A la tercera compañera de pieza la dejó con él y la violó. Nunca le vieron la cara porque siempre las alumbró directo a los ojos. En pocos días estaba en el pueblo de nuevo y nunca más salió.

***

Por suerte pudieron pagar los gastos de la cremación con la última jubilación de su mamá. Ahora piensan exhumar los restos del Vasco, cremarlo y esparcir las cenizas de los dos juntos.

Cuando se muera, ella no desea que esparzan sus cenizas con las de ningún hombre. Con el primer marido, padre de sus cuatro hijos, vivió once años en una casa vieja sin terminar y sin agua corriente en la cocina. Además de limpiar, lavar los platos, la ropa y cocinar para ella, el marido, la suegra y los cuatro hijos, luchaba cuerpo a cuerpo para mantener a raya a la naturaleza. El terreno alrededor de la casa era tan grande y tan lleno de árboles y plantas, que cuando llegaba con la máquina de cortar pasto hasta el alambrado del fondo, los yuyos ya habían crecido de nuevo en el frente y tenía que volver a empezar.

Su primer gesto de rebeldía fue poco antes de separarse. Se animó a ir a jugar al básquet con sus amigas de la juventud a un club del centro. Había abandonado el deporte después de casarse. Su marido decía que era “cosa de negros”. Fuertes dolores de columna se la cobraron punzantemente después del partido.

En 2002, en plena crisis económica y con la espalda en las últimas, abandonó al esposo y se fue a vivir con los hijos a la casa de su madre. Allí también fueron a parar una de sus hermanas, el marido y sus dos hijos. Tampoco podían pagar un alquiler. Eran diez personas bajo el mismo techo. Convirtieron en pieza el galpón del Vasco. A veces iban todos juntos al trueque. Ella empezó a cobrar un plan Jefes y Jefas. El ex marido no le pasaba la cuota alimentaria. Los dolores de columna la dejaron postrada y se tuvo que operar por una hernia de disco. Por mucho tiempo no pudo trabajar y su madre se hizo cargo de los hijos.

Su segundo marido fue un vecino conocido de años, que vivía en la esquina de lo de su mamá. Ella empezó a limpiarle la casa cuando volvió a trabajar, después de la operación. El amorío y los planes de mudarse juntos, comenzaron poco después. Corría el año 2003.

Su madre quedó muy resentida cuando se mudó con el nuevo marido. Había abandonado su cobijo para juntarse con el tipo para el que limpiaba. Fue todo un acontecimiento cuando vino a conocer su nueva casa. Toda la familia celebró la reconciliación. Fue un periodo duro para ella, pero tenía sus motivos.

  •  ¿Alguna vez te imaginaste que íbamos a vivir en una casa así, hijita? - le preguntó a la mayor que tenía 13 años, la primera noche que pasaron bajo ese nuevo techo.

    Primero se ganó la aprobación de los hijos, que se encariñaron rápido con él. Luego vino la reconciliación con su mamá. Pasaron dos años aproximadamente en paz, viviendo juntos en esa casa linda, con pileta para lavar los platos en la cocina, cerca del centro, con potus en la ventana del living y sillones mullidos de cuerina blanca. La plata para pagar ese alquiler provenía de la apicultura. Ella aprendió a criar abejas reinas para vender y él tenía sus socios para explotar colmenas. Ella lo acompañaba muchas veces y aprendió el oficio que él practicaba desde hacía mucho.

    La temporada 2004-2005, habían cosechado tres tambores de miel, que serían exportados en el embarque de una cooperativa de la región, directo para Europa. Esos tres tambores en dólares era la plata que necesitaba la familia para vivir todo el año, hasta la próxima cosecha de miel. A la altura de Zárate, asaltaron el camión que trasladaba 80 tambores de la cooperativa. Supuestamente estaba asegurado, pero la compañía les pagaría después de años y no sería la misma plata.

    Con la ruina de la cooperativa apicultora, llegó también su ruina. Tuvo que mandar a sus dos hijas mayores con el padre. Al único varón y a la más chica se los llevó a vivir con ella y su pareja, a una chacra en medio del campo. La casita tenía una sola habitación grande y calefón eléctrico en el baño. Tenían agua de pozo y el desagüe de la pileta de la cocina era un caño que terminaba en el medio de la tierra, a unos metros de la casa, donde había permanentemente un charco y restos de comida. Era lo que consiguieron para vivir sin pagar alquiler, como caseros.

    Con su segundo marido vivió en dos casas más después de esa chacra, nunca propias aunque en mejores condiciones. Los últimos meses antes de separarse de él, cuando la mayor ya estaba estudiando en Buenos Aires y la menor había terminado la secundaria, tomaba más de una botella de vino por día. Las abejas no iban bien. Un negocio de ropa traída de La Salada, tampoco había ido bien. Había que seguir pagando el alquiler. Iba a volver a limpiar casas, como cuando empezó el amorío.

  •  Otra vez te vas a poner a limpiar, siempre con mente chiquita - le dijo él.

    ***

    Continuará







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