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DEBATE

“Estado presente” y Estado de clase ante la pandemia

Desde que se inició la pandemia, el rol del estado en la misma se transformó en un tema de debate. Aquí, un contrapunto con “Agenda Argentina” y su idea de un “Estado Presente”.

Miércoles 1ro de abril | 18:45

Foto: Annur Tv

En los últimos días, a raíz de la crisis desatada por el coronavirus, se ha empezado a instalar, desde algunos sectores de la “progresía” peronista, la idea de que la acción estatal volvió a cobrar protagonismo en oposición al “estado ausente” durante el macrismo, y como contrapunto con las teorías liberales que hablan de los beneficios de dejar los destinos sociales en manos de “la mano invisible del mercado”.

Aquí, plantearemos que esta dicotomía entre “estado presente” y “estado ausente” oculta los aspectos de continuidad de los elementos estructurales que condicionan soluciones de fondo a la crisis que está planteada.

Estado y mercado

Un ejemplo de esta perspectiva que resalta la “vuelta a un estado presente” es la esgrimida por los “intelectuales albertistas” (muchos de ellos funcionarios del gobierno como Santiago Cafiero o Sabrina Frederic), que se agrupan en Agenda Argentina y que en estos días publicaron un manifiesto a raíz de la situación actual.

Allí afirman que “la pandemia pone en cuestión la creencia de que el esfuerzo individual es la única respuesta posible a problemas que son sociales. Las experiencias de los países de Europa, de Asia e incluso Estados Unidos, muestran que el desmantelamiento o deterioro de los sistemas públicos y universales de salud ha dejado a millones de personas al borde del abandono y a sus Estados en una situación de gran inestabilidad”. Su conclusión es que “la respuesta a esta situación es política, porque es la política la que define la ecuación Estado-mercado-sociedad civil”.

Pero ¿Cuál es la política que define esa ecuación? ¿Cómo se articulan esos niveles (estado, mercado, sociedad civil) para dar una respuesta a ese diagnóstico?
Para tener un panorama global podemos afirmar que las medidas tomadas por los principales Estados del mundo, han apuntado en dos direcciones. En primer lugar en aplicar fuertes paquetes de rescates financieros tras los varios hundimientos consecutivos de las principales bolsas del mundo. Como en la crisis de 2008 muchos estados se “hicieron presentes” para salvar a los grandes capitalistas y evitar quiebras masivas que hubieran dado inicio a una depresión económica mayor. La “inyección” de 2 billones de dólares anunciada por Donald Trump con el apoyo del senado, la más importante de su historia, es un ejemplo de esto: si bien el plan incluye pagos únicos en efectivo de U$S 1.200 por adulto y U$S 500 por niño y subas temporales en los fondos de desempleo; una gran porción es para preservar las ganancias de los empresarios. Es que el plan incluye U$S 58.000 millones para las aerolíneas, U$S 17.000 millones para los contratistas de defensa y millones para los hoteles, empresas de turismo y cruceros, es decir, nada de lo que hoy necesita el pueblo trabajador para salir de la crisis.

La articulación estado-mercado-sociedad civil, expuso, ante todo, las debilidades del propio sistema capitalista, y la función del estado de ser su “garante en última instancia” ante una crisis de esta envergadura, con la finalidad de apaciguar los efectos sociales de una crisis de este tipo, que pudiese poner en cuestión su dominio. Como ejemplo de esto vale la medida tomada por el gobierno de Sánchez en España sobre la suspensión de despidos: además de no ser retroactiva a los miles de despidos que ya ocurrieron la medida habilita a que las empresas realicen suspensiones de los trabajadores, que pasarán a cobrar el 70% del salario, el cual será retribuido por el Estado. Es decir: Las empresas no pierden nada, los trabajadores ven reducirse sus ingresos, y la cuenta la paga el Estado con dinero público. En estos días el gobierno argentino implementó una medida similar: suspender despidos y al mismo tiempo subsidiar las ganancias de las empresas cubriendo los salarios de los trabajadores.

En segundo lugar, se han tomado medidas de “mitigación” de la pandemia entre las poblaciones, sobre una base décadas de neoliberalismo en donde la salud pública y las condiciones de vida de los adultos mayores (los más castigados por la crisis), sumado a las propias condiciones que impone el modo de producción capitalista históricamente como los cambios climáticos, formas de producción salvajes como el agronegocio, guerras comerciales, y sistemas científicos puestos en función de la ganancia, crearon el coctel perfecto para la propagación de la crisis. Es decir, muchas de las razones que habilitaron la expansión de la pandemia no se limitan a la etapa neoliberal (en donde se profundizaron muchas de estas tendencias), sino que son intrínsecas al modo de producción capitalista y su sed de ganancia empresaria. La idea aquí de un “capitalismo más humano” resulta un oxímoron, en tanto la existencia del sistema implica necesariamente este privilegio de la ganancia sobre las necesidades ambientales, humanitarias, etc.

Ahora bien, supongamos que analizamos el problema solo desde el punto de vista de las políticas públicas ¿El estado estuvo “ausente” en la generación de estas condiciones? ¿No han sido los mismos gobiernos los que habilitaron protocolos concesivos para el cambio climático, los que habilitaron los negociados de la salud privada, los que como en Francia atacan a los jubilados que hoy son los que más padecen la crisis, o los que se abastecieron (como en Argentina) de los dólares del agro bussines?

Es decir, las medidas de “capitalismo de estado” o de “estado presente” son tomadas por los mismos gobiernos que vienen atacando sistemáticamente a los sectores más vulnerables de la población. Pero más importante: la “presencia” del Estado no apunta a revertir esas condiciones estructurales que aceleraron la crisis (como el desfinanciamiento del sistema de salud) sino a mitigar el avance catastrófico de las muertes y la crisis social que sería el fin de sus gobiernos.

La salud y la economía

En Argentina, la política de “encierro” para los ciudadanos (y palos para los que no lo cumplen o no lo pueden cumplir), contrasta con la política hacia los empresarios: estos acuñan mercancía (como el necesario alcohol en gel como se vio en el caso de Farmacity), despiden (como Techint), o aumentas los precios sin control (sobre todo los grandes supermercados) sin que se tome una sola represalia hacia ellos.

¿Alguien imagina a la gendarmería o al ejército yendo a reincorporar trabajadores por la fuerza a las empresas que despiden o allanando la casa de Coto cuando este sube los precios? Aquí el carácter clasista de la presencia del Estado es clara.
Sin embargo, el grupo Agenda Argentina insiste con este aspecto planteando que las políticas de los estados se diferenciarán en si se pone por delante “la necesidad de preservar la vida de las personas” o asegurar “las necesidades del capital”. Esta dicotomía oculta que es intrínseco al rol del Estado garantizar estas últimas.

Varias de las declaraciones de los funcionarios del gobierno nacional y de la oposición en los últimos días se han centrado en plantear que debe existir un “equilibrio” entre la cuarentena dictada y “la economía”. Sin embargo, cuando se referían a esta última no se referían a modificar las condiciones estructurales sobre las que se apoya la economía argentina para actuar ante la crisis. Más bien pensaban en cómo podía “aguantar” la frágil estructura de millones de trabajadores precarios, monotributistas, e informales sobre la que se apoya el capitalismo dependiente en argentina. Es decir, en cómo seguir garantizando el funcionamiento de esa maquinaria de bajos salarios, ausencia de derechos laborales y flexibilización.
Es decir, la “preservación de las vidas” choca con las “necesidades del capital”, y en una sociedad como la argentina, la primera implica desandar el camino que “las necesidades del capital” han impuesto a la sociedad en las últimas décadas.

Es que en Argentina la situación se ve agravada por las características atrasadas de nuestra economía y el carácter dependiente de la misma, empezando por la sangría de recursos que significa el pago de la deuda externa. Esto va aparejado de una realidad social mucho mas inestable que la de España o Italia, donde la crisis sanitaria tiene su centro de gravitación en este momento. Basta pensar en los conglomerados urbanos mas pobres, en los “barrios informales” que en el conurbano bonaerense contabilizan a mas de 400 mil familias sin acceso a las condiciones de infraestructura básica para afrontar una crisis sanitaria, para tomar dimensión del problema. Tal vez el mejor ejemplo de esta precariedad lo da el mismo sistema de salud, y en particular el sector dedicado a atacar esta emergencia: de los 11 trabajadores de la salud que hasta esta semana están día y noche tomando muestras en el Malbrán (único centro médico que hasta el momento realizaba test para la detección del virus), hay 8 que están precarizados y cobran menos de 30 mil pesos. Es decir, si la “resistencia” a la privatización de los 90´ fue producto de la lucha de las y los trabajadores de la salud, esto no nos puede llevar a embellecer el estado de la salud pública argentina (contra países como Estados Unidos que ni siquiera cuenta con un sistema de salud estatal), ya que esta se encuentra en un estado de precarización y desfinanciamiento extremos.

En este sentido, la “presencia” del Estado argentino está lejos de centrarse en este déficit. Hasta el momento la presencia pasó por la exposición callejera del Ejercito y las fuerzas de seguridad como “garantes” del cumplimiento de la cuarentena, una medida de disciplinamiento social que puede ser necesaria, pero totalmente insuficiente si no es acompañada de un muestrario del “universo” al cual se quiere combatir, es decir, sin una noción de los infectados por el virus que solo puede ser conocida mediante la realización de test masivos de detección temprana, método recomendado por la OMS y que ya se ha mostrado eficaz en países como Corea y Alemania.

¿Qué tipo de “estado presente”?

Si la “progresía peronista”, durante los años del macrismo reforzó su pedido de un “estado presente” en un sentido “distribucionista”, el deseo, como en los cuentos de gitanos, llegó como no se lo esperaba. Agenda Argentina afirma que “el oficialismo y la oposición están teniendo un papel central en la configuración de las respuestas necesarias a la pandemia”, y que el “la actuación democrática de las fuerzas de seguridad” es uno de los núcleos de esa acción común.

Es decir, lejos de una política que se centre en impuestos a los ricos, nacionalizaciones o generación de trabajo genuino (sobre todo en los sectores estratégicos para paliar la crisis) se ha incrementando un tipo de “presencia” particular del Estado, que se asimilar con la presencia de las fuerzas de seguridad en las calles, y un nuevo discurso de “reconciliación” con el Ejercito, como “la cara visible del Estado” en esta crisis, como dijo Alberto Fernández.

El supuesto “estado presente” se ha concentrado en vigilar al “enemigo interno” consistente en todos aquellos que rompen la cuarentena, más que en maximizar los recursos, infinitamente superiores a los movilizados hasta ahora, con que cuenta para tomar medias que podrían realmente salvar vidas.

Junto con esto hemos visto el aumento de la concentración del poder de decisión en el Ejecutivo nacional, cerrando canales de debate como el Congreso Nacional, o la constitución de juntas consultivas o Comités de crisis amplios que permitan barajar distintas opciones ante la crisis, con el apoyo de especialistas. Ni hablar de la posibilidad de que las cúpulas sindicales de la CGT (a las que se compró su silencio a cambio de aumentos presupuestarios para las obras sociales) sean convocadas. Es decir, el “estado presente” simultáneamente a que refuerza su presencia represiva, reduce su capacidad de acción, contentándose con el apoyo mediático y con cierto clima de “unidad nacional” garantizado por la oposición de Cambiemos, pero no poniendo realmente todos los recursos del Estado a disposición de aumentar los dispositivos para solucionar la crisis.

En este sentido la idea de Agenda Argentina de que “desde los diversos colectivos de pensamiento y activismo político” se debe “aportar con ideas, producciones y acciones para la construcción de una solidaridad social activa”, es contradictoria con la acción del gobierno nacional cuyos únicos “consensos ejecutivos” pasan por los acuerdos con la oposición de Cambiemos, mientras que de la sociedad solo se espera un “consenso pasivo” combinado con un refuerzo de la represión y la condena social a todos aquellos que cuestionen ese consenso.

Recursos hay

Ahora bien, si realmente pensamos en “salvar vidas” en oposición a los “intereses del capital”, deberíamos discutir que recursos poner en juego para salvar la mayor parte de vidas posibles.

Entre estos recursos, no solo están las más de 50 universidades nacionales con sus decenas de laboratorios, especialistas y recursos propios que podrían estar a disposición de resolver la crisis. Sino que están las toneladas de dólares que se siguen yendo cada día en Argentina por la deuda externa, (en vez de por ejemplo para construir hospitales, fabricar respiradores, distribuir test), las miles de clínicas privadas que podrían nacionalizarse para aumentar la capacidad sanitaria ante un agravamiento de la crisis, unificando el sistema de salud, y las decenas de industrias, como la automotriz que podrían reconvertirse en función de las necesidades de esta crisis.

Como sostiene un informe recientemente publicado en Ideas de Izquierda: “El presupuesto nacional transfiere a la salud pública el 0,34 % del PBI, los presupuestos provinciales en salud aportan el 1,52 % del PBI y los municipios contribuyen con 0,33 % del PBI”, mientras que el sector privado (prepagas y medicina privada) “representa el 4,92 % del PBI”, pese a que absorbe solamente el 16% de la atención. Por ende, medidas como las tomadas en Irlanda y España, que nacionalizaron el sistema de salud, son las elementales que podría tomar un “estado presente” en una situación como esta.

Claro que estas medidas entran en choque con los intereses capitalistas, no solo locales sino extranjeros. Medidas como el desconocimiento soberano de la deuda, acompañado de la nacionalización de la banca y el comercio exterior, no están en la órbita de un gobierno y una oposición que se ha negado sistemáticamente a redirigir esos recursos a las necesidades más inmediatas.

También choca con los intereses capitalistas la propuesta de que sean los trabajadores mismos los que se encarguen en cada lugar de trabajo de formar comisiones de seguridad e higiene que definan cuales son las mejores condiciones tanto para producir como para definir que producir y de qué manera hacerlo en beneficio de las grandes mayorías. Medidas como esta no solo mejoraría las condiciones de salud de los trabajadores sino que evitarían abusos patronales como el aumento de precios o la acuñación de mercadería necesaria.

Varias de estas son las propuestas que viene realizando la izquierda en las últimas semanas. Al mismo tiempo, ya son varios los ejemplos de trabajadoras y trabajadores que empiezan a proponer una salida solidaria basada en la organización desde abajo, como una alternativa a la salida “individualista” o “estatista” que proponen los capitalistas.







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